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No toda la gente errante anda perdida.

domingo, 4 de junio de 2017

Cerrado por demolición.

Quizá debiera encontrarme, aunque para ser justos no sé en qué momento me perdí.
Probablemente pensé que contigo, eso de perderse no tendría lugar. Probablemente pensé que serías uno de tantos que quisieron ser. De esos que nunca se quedaron para llegar a ser. Pero tú eras más bien de esos que trastocan mundos, de esos que hacen que aquello de despedirse sea querer recordar lo que solías ser. De esos con los que pareces estar siempre a un paso del salto al vacío de no tener nada que contar. Para tanto que fuiste. Y para tan poco que pensaste ser. Aun así, sigue lloviendo. Y cómo no, yo sin mi paraguas. Buen remedio para las tormentas eso de escribir sobre ti. Eso de dejar de entender, de querer entender y volver a ser, para querer dejar de entender.  Mientras tanto, mañana quizá te sientes en otro lado. Y yo aquí con mis tormentos. Cuánto se tambaleó el mundo durante el tiempo que quisiste estar. Cuánto se tambaleó con ese seguir estando ahí, sin estar de verdad. Un desesperado intento de querer permanecer, supongo.
No importa.
Sigues haciendo llover, menos tal vez.
Espero verte en la estación, quizá no mañana, quizá en otra estación.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Vendrán trenes, y querrán pasar de largo.

Quizás aprendas tanto como tanto quieras tener. O puede que, más bien, aprendas tanto como tanto quieras ser. No sé. Dicen que se puede ser sin estar. Que uno puede recoger esa nada que nunca se molestó en sembrar. No sé. Sigo sin saber qué responder. Viejas costumbres que me quedaron de ti. Viejas manías como el estar poco preparada. Poco preparada para diagnosticar ese impulso tuyo a ser veleta, digo. O a ser la variable de un vuelo constante hacia ninguna parte, vete tú a saber.









Es cierto, nunca supe el porqué de ese querer tuyo por aferrarte a la inconstancia. Falta de implicación, solía decirme. Quizás por eso siento que aprendí mal eso de permanecer incluso si no estás. Eso del querer permanecer en la estación de huida por si vuelves. Esa misma estación donde andas eternamente de un vagón a otro llevándote contigo las ganas de llegar. Y para qué mentir, hay manías que no deberían cambiar nunca, porque más que manías son tradiciones. Quizá debiera hacer de tus silencios también una tradición. Tal vez así pueda quitarme estas ganas de estrangularte con palabras. Y por qué no, tal vez así tú puedas evitar atragantarte con ellas cuando estas quieran llegar de golpe para hacerte permanecer.

viernes, 24 de abril de 2015

A lo que me dejas(te) ser.

El pasado inspira, o eso dicen. Y para lo poco que supe de ti, escribí tantas cartas que perdí la cuenta en la cuadragésima sexta de despedida, justo después de quemar otras 57 más. Quizás esperaba leérselas al mar algún día. O que la lluvia se llevara consigo aquello que el Sol quiso ser. No sé. Quién sabe. Seguimos sin tener "nada que ver", pero sigues aquí. Dándole de qué hablar a los vecinos. Incordiando con tus miedos a Jane Austen. Extrapolando razones para el autoestima en Bridget Jones. Y dejando a deber despertares como Marc Meier.

Quizás aquello de "carretera y manta a Missouri" no siempre se te dio bien. Quizá tus vueltas con la primavera de cada marzo infernal nunca fueron. Quizá tan inefables como etéreas dejaron de ser. Eso sí, algo aprendí de ti. De tus supuestas idas y venidas. A encontrarme, quizás. Tarde, y a tiempo. No sé. La costumbre de perder y de perderme en mí. La costumbre de preparar despedidas y de olvidar el que "te vaya bonito". Me preocupa. ¿Qué va a ser de ti cuando se me acabe la tinta? Si no puedo vivir de la traducción, viviré de ti, solía decirme. ¿Y ahora qué? Brindemos, tal vez. Brindemos por la incapacidad para perderte de vista. Celebra tu querer por curar mis daños. Mientras yo, procuraré permanecer. Permanecer en aquello que me dejaste ser.

Eso es. A lo que me dejaste ser, rubio.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Que te vaya sin mí.

Son las 2:10. Hace 10 minutos que procuré decirte adiós. Esta vez será la última. No te lo prometo a ti, se lo prometo a aquello que fue de mí. Después de 1.095 días, dos horas y 10 extraños minutos, soy libre. O por lo menos creo serlo. Y no sé exactamente qué debo sentir.


Llámame idiota por estar perdida en un mundo que dejó de aparentar ser maravilloso cuando tú lo movías a tu antojo. Quizá, volvió a llover demasiado. Tanto que mis creencias se inundaron. Y esta vez, tú con tus manos metidas en los bolsillos sonreías diciendo "qué quieres que haga, ya no tenemos nada que ver". Cierto. Ha llovido tanto que dejamos de navegar en el mismo océano. Dejamos de "tener algo que ver". Aunque hoy hace un día maravilloso. La vida dejó de estar nublada con absurdas convicciones, y ya parece funcionar bien. A salvo dejaron de estar mis esperanzas insalvables. Quiero decir, que no hay nada que arda mejor que la decepción. Y aún permanezco. Aquí sigo. Contándote uno de tus cuentos para no dormir, de esos que barren los tormentos bajo la almohada.
Y lo dejo. Abandono el papel de narrador de nuestra historia. De psicólogo de tu incomprensión. Y te dejo tu marchar y tu suerte de principiante. Sigo mi camino. Carretera y manta a Missouri. Sin todas esas cartas que nunca te envié y que quemé con aquello que solía ser. Y eso, que te vaya bonito. Que te vaya sin mí.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Y quizá, haya llovido.

Vuelve, no para quedarte. Vuelve, y devuélveme aquello que solía ser sin ti, incluso contigo aunque no lo merecieras. Dime, donde quedaron todas esas verdades que decidida estaba en defender cada mañana a falta de compañía. No encuentro qué me quitaste y vendiste a precio de baratija emocional. Creía tener más valor. Creía tener más fuerza que las tempestades con las que acostumbraba a vivir. Y aquí estoy aún. Sin saber quién soy. Tratando de asimilar el frío entre mi hombro izquierdo y mi pecho. Creyendo saber cómo cada oportunidad anda ahora en pedazos de todos esos jarrones que rompiste a falta de más platos. Cómo esas esperanzas se quedaban para destrozarse como simples daños colaterales en ti. Y para entonces, aquellos torrentes de palabras ya hacían un hueco al vacío, al vacío de no tener nada que contar. Los cuentos para no dormir se amontonaban bajo la almohada. En cada amanecer solo el insomnio articulaba palabra.


Y quizá, haya llovido mucho. Quizá será ese frío suyo que no me quiere hacer desaparecer. Quizá será la estupidez quien hable de seguir aún sin componer, con los esquemas rotos y esparcidos por el suelo. Quizá incluso ahora que las ganas volvieron para querer hablar, sigo queriendo estar en silencio. Porque quizá el silencio no consigue nada, pero obliga a permanecer. Y se trata de eso, de permanecer.
Querer permanecer.